Résumé
En las últimas dos décadas, los estudios arqueobotánicos han experimentado un notable auge en las zonas cristianas mediterráneas situadas al norte de los Pirineos. Numerosos yacimientos arqueológicos, tanto rurales como urbanos, han sido objeto de análisis sistemáticos, revelando un panorama rico y variado en cuanto a la explotación y el consumo de frutales. Estos estudios han puesto de manifiesto la presencia recurrente de especies clásicas de la Mediterránea occidental, como la vid, el olivo, la higuera, el granado o los frutales de hueso. Sin embargo, uno de los hallazgos más destacados ha sido la introducción progresiva de especies exóticas procedentes de al-Ándalus durante la Plena y Baja Edad Media. Esos frutales llegaron a estas regiones, en muchos casos, como símbolos de prestigio. Su cultivo se asoció inicialmente a espacios elitistas, como los jardines reales o los huertos de las clases altas, donde su valor simbólico y estético complementaba su utilidad alimenticia. Este fenómeno fue posible gracias a la existencia de redes comerciales dinámicas que conectaban el norte y el sur de la Península Ibérica, facilitando no solo el intercambio de mercancías, sino también de conocimientos agronómicos. Hacia el final de la Edad Media, este interés por los frutales se tradujo en un crecimiento significativo de los jardines urbanos y periurbanos. Estos espacios, cada vez más frecuentes en las ciudades en expansión, reflejaban tanto una demanda creciente de productos frescos como una adaptación a las nuevas realidades socioeconómicas. Así, la arboricultura frutal se convirtió en un elemento clave para entender la diversificación agrícola, los hábitos alimenticios y, en definitiva, la complejidad cultural de los reinos cristianos mediterráneos.